Bolsonaro

Parece mentira, pero es verdad. Este esperpéntico candidato a la presidencia de Brasil, ex-militar nostálgico de la época dictatorial, autoritario, violento, machista, racista y homófobo ha llegado al 48% del voto popular en la primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas y, más que muy probablemente, se hará con el poder en la segunda dentro de pocas semanas. El fracaso político de los regímenes nacionales-populares que fueron dominantes en América Latina y que pretendían reequilibrar algo sociedades tan desiguales empoderando las clases bajas, han terminado por facilitar el retorno de planteamientos de la derecha más extrema, claramente elitistas y en favor de los grupos dominantes de siempre, recogiendo el apoyo electoral del profundo malestar que generan una corrupción política sistémica y obscena, así como los temores que provocan la extrema inseguridad de una delincuencia que campa de manera muy abierta y que se comporta de manera extraordinariamente violenta. Brasil es un país de más de 200 millones de personas que sólo hace diez años era visto como un ejemplo de país emergente, con un más que notorio crecimiento económico y un ascensor social que funcionaba gracias a las políticas sociales que impulsaron Lula y el Partido de los Trabajadores. En los últimos años, se ha convertido en un país regresivo y caótico tanto por los efectos de la evolución económica internacional, como por una incapacidad política e institucional que lo tiene paralizado. Una parte importante del electorado escucha los cantos de sirena de alguien que dice pondrá orden en el país más violento del mundo, con una media imbatible de más de 200 asesinatos diarios, y en el que las clases medias y acomodadas viven atrincheradas en sistemas de condominios y que casi no pisan la calle. Un outsider de la política que justamente ganará debido al descrédito insuperable de unos políticos brasileños identificados con todo tipo de corruptelas.

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Bolsonaro es un demagogo y un caradura, pero no a la manera de los populistas latinoamericanos que apelan a las clases bajas y en un hipotético proceso de redención de las mismas. Representa la extrema derecha totalitaria que llega al poder de la mano del apoyo de las élites económicas, así como de unas clases medias atemorizadas. Como los totalitarismos europeos de los años treinta de Italia o bien de Alemania, comenzó por ser una propuesta entre pintoresca y excéntrica, a la que nadie daba ninguna posibilidad de éxito, a resultar ser una opción vencedora y casi hegemónica. Su capacidad de conectar con una parte notoria de la ciudadanía, ha llevado a que las élites le abrazaran y lo hicieran suyo. Su programa económico es ultraliberal, con bajadas de impuestos y privatizaciones. Una fiesta. Los Mercados, siempre tan transparentes, han reaccionado a los resultados de la primera vuelta con un gran ascenso en la bolsa y con un notorio reforzamiento de la moneda -el real- la cual estaba últimamente depauperada y en horas bajas. Mussolini se impuso en Italia cuando le apoyó, entendiendo que era el mal menor, la patronal italiana que encabezaba la Fiat. Tampoco Hitler se hubiera hecho con el gobierno alemán, sin la apuesta de los Siemens, los Krupp o los grandes propietarios agrícolas prusianos. El totalitarismo más o menos encubierto de formas democráticas, el fascismo, siempre resulta una estrategia o una opción liberal-burguesa, como una opción extrema y, en principio, de carácter temporal de cara a resituar las cosas. La estrategia de campaña de Bolsonaro no ha hecho sino seguir la estela del manual de instrucciones de Donald Trump: mano dura, desacreditar a la prensa, dominio de las redes sociales, uso recurrente a la intoxicación y la mentira, presentarse como un macho-alfa cargado de testosterona, negar cualquier legitimidad a los adversarios, establecer un sistema de bandos irreconciliable, triturar cualquier posibilidad de consenso político y de cohesión social, negar la validez de los resultados si no gana… Un traslado de la política a lo puramente emocional, lo que sirve para ocultar los intereses muy concretos que este discurso representa. Además de las corporaciones más importantes y los sectores acomodados y las asustadizas clases medias, cuenta con el apoyo de los poderosos terratenientes en un país en proceso de reprimarización de su economía e, incluso, del poderoso lobby de las iglesias evangelistas que habían ayudado a Lula. El resultado es bastante previsible: más desigualdad económica, mayor uso de la fuerza para intentar hacer frente a problemas que son estructurales, una sociedad fracturada y el sistema democrático en stand by.

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