¿Qué diálogo?

Repetir un concepto, por más que se haga reiteradamente y con buena voluntad, no acaba por hacerse realidad. A estas alturas, y desde hace días, la palabra más en boga es “diálogo”. Se reafirma como un mantra por parte del independentismo, pero también por las nuevas formas y lenguaje que ha incorporado gobierno central. Unos hablan de “diálogo, pero sin rendición”, “diálogo para pactar un referéndum”, “diálogo de igual a igual”. Los otros hablan de diálogo, sin contenido específico, como estrategia apaciguadora de los ánimos, lo que siempre es bueno, pero sabedores de que en realidad no lo habrá. Probablemente, no sea posible y aún menos que lleve a ninguna parte. Se suele presuponer mucha buena intención, casi siempre, detrás de la noción de diálogo, pero muy a menudo ningún contenido práctico. De hecho, en la eterna batalla por quien se hace con el “relato hegemónico”, se trata de exteriorizar los mejores propósitos posibles, emplazando al “otro” a un intercambio de generosidades que, en este caso, difícilmente se darán. De lo que se trata, básicamente, es de poder acusar al contrincante de no haber aceptado la mano abierta, la buena predisposición. Pura representación teatral.

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El diálogo, aunque a menudo se le atribuya, no tiene nunca un efecto taumatúrgico, no hace milagros. Para que de él salga algo en positivo, hay que tener previamente la intención de conversar, hablar, intercambiar puntos de vista y, lo que es más importante, estar dispuestos a que el otro nos haga ver alguna luz, nos convenza de algo. No hay posibilidad de parlamentar de manera provechosa, cuando se cree estar en posesión de alguna verdad absoluta y de tener una posición bien anclada y que, en ningún caso, se piensa mudar. El punto de vista como trinchera y no como punto de partida desde el que evolucionar. Para que pueda haber conversación, hay que compartir un marco conceptual y un terreno de juego común. Es necesario hablar un lenguaje similar, acordar de qué hechos se parte y disponer de un sentido de la realidad que sea más o menos compatible. Si no es así, se puede hacer una fotografía, pero difícilmente parlamentar. Dialogar es un verbo que requiere de transitoriedad, un mínimo de dos voluntades para hacerlo, pero también de una definición de “qué” es lo que debe ser sujeto y objeto de la conversación. Intercambiar propuestas o planteamientos, no tiene ningún sentido hecho como un mero ejercicio de abstracción.

Casi nunca hay una conversación cuando ésta se anuncia previamente, ya que si hubiera una voluntad sincera de comunicarse, ya se habría producido. Cuando con alguien nos queremos ver, sentimos la imperiosa necesidad de hacerlo y de encontrar puntos en común, no ponemos anuncios, sino que lo hacemos. Todo lo que anunciamos profusamente, no hacemos sino evidenciar lo que queremos que la gente crea, pero no lo que realmente haremos. Aquí nadie tiene ningún interés en escuchar y realmente ninguna intención de negociar con el otro, porque eso implicaría abandonar la seguridad de la trinchera. No habrá diálogo entre Cataluña y España y, aunque lo hubiera, tampoco, creo, resolvería nada. Antes que solucionar bien este encaje catalano-español, el problema a afrontar está dentro de Cataluña. El independentismo catalán niega la pluralidad de la sociedad catalana y en su “contencioso” planteado, se encuentra en un punto prácticamente de no retorno. Sus seguidores no se conformarán con un punto medio, con ampliaciones de competencias y de financiación, como tampoco con una mayor suavidad en el tratamiento jurídico y penal, si es que esto resultara posible de negociar. Se entendería como una “traición de los líderes”. Hay formas de batalla en algunos ejércitos, en los que, una vez hecho el despliegue, ya no es posible de replegarse. Más que “diálogo”, lo que habrá es una profusión de monólogos, de signo contrario, pronunciados de manera simultánea. Hay quien se ha instalado cómodamente con el conflicto, y no entiende que haya vida más allá de él. Ya es una manera de vivir.

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