En los márgenes

Cuando el ruido ambiental y el tono general de los monólogos es muy elevado se hace difícil de decir algo, más que nada porque nadie parece querer escuchar palabra alguna que no tenga por finalidad el reafirmar sus convicciones. Cualquier posibilidad de debate o de diálogo han sido fulminados en nombre de una finalidad que parece hacer buenos todo tipo de medios y donde se impone la disyuntiva evangélica del “estás conmigo o contra mí”. El independentismo que en sus diversas tonalidades en los últimos tiempos se ha convertido de manera clara en el pensamiento dominante, en eso que ahora se llama el mainstream, ha planteado las elecciones del domingo como la madre de todas las batallas, el resultado de la cual ha de impartir legitimidad para hacer un cambio de marcha en el proceso dicen que irreversible hacia la secesión. Aunque no está muy claro cuáles son las reglas del juego para leer los resultados, no hay más relato que la apuesta por una victoria que nos ha de abrir las puertas del cielo o, en caso contrario, una derrota que nos condena para siempre a los catalanes a sufrir las siete plagas de Egipto. Aunque de razones hay, se ha impuesto el trazo grueso y una cierta tendencia a ejercer el hooliganismo. Justamente si esto fuera un plebiscito en sentido estricto, de lo que se trataría es de debatir, proporcionar argumentos y especialmente, reconocer de entrada la posibilidad de que se puedan tener visiones diferentes e incluso de pensar al margen de dinámicas que tienden al maniqueísmo.

Algunos, no sé si muchos, que no nos sentimos partícipes una dialéctica reduccionista como la que se plantea y que más bien tenemos serias dudas de que en estas elecciones haya quien nos represente, entendemos que el conflicto político y la falta de un encaje satisfactorio entre Cataluña y España, no está planteado -y perdonad si suena pretencioso-, de forma lo bastante adecuada. La equivocación no está en el independentismo, en el concepto o en su convicción. Más bien radica en haber planteado las cosas con unas dinámicas y unos ritmos absolutamente irreales y que llevaran al fracaso ya la frustración de muchos anhelos. No existe un cambio de estatus rápido, fácil y sin unos costes muy elevados. Plantear que los estados de la Unión Europea ni siquiera puedan pensar en esta posibilidad, es pura entelequia. Que Cataluña, haciendo abstracción, sería viable de manera independiente me parece incuestionable. El problema es no considerar y frivolizar con los costes de transición, además de las dificultades para obtener una mayoría cualificada de catalanes que realmente quiera asumir este largo y costoso proceso. Tampoco habría que obviar el independentismo táctico de aquellos que han considerado que surfear sobre esta ola les aseguraba su pervivencia política, en un acto entre el cinismo y la irresponsabilidad política difícil de justificar.

Se quiera o no reconocer, la cuestión principal no son los resultados del domingo, sino la dinámica de fractura profunda de la sociedad catalana que ya se ha generado y que previsiblemente no se detendrá con los resultados electorales. Este había sido un país moderno y cohesionado y, aunque los que participan de la ola dominante no quieran oír hablar de ello, está quedando profunda y dolorosamente dividido y confrontado, y esto suele costar décadas en superarse. La tolerancia es un valor fundamental para cualquier sociedad. Hablar de política se hace cada vez más dificultoso en la Cataluña de verdades y procesos ni cuestionables, ni siquiera matizables. La espiral del silencio se ha puesto en marcha, y no precisamente de manera inconsciente. Los pensamientos unánimes movilizados acaban con la biodiversidad de planteamientos, con la pluralidad, a base de negarlos. Ver reputados intelectuales y periodistas con actitudes intimidatorias en tertulias y en las redes sociales, cómodos con este papel, entristece profundamente. La mayoría de la gente parece defender que los resultados del domingo harán ganadores y perdedores. Algunos, tal vez pocos, nos tememos que perder, lo que realmente significa perder, los catalanes ya hemos perdido.

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