¡Dejad los años treinta en paz!

 

En este ruido ambiental ensordecedor en que se ha convertido el camino hacia el 27-S, las razones tienen poco que hacer porque de lo que se trata es de vencer y no de convencer, no se trata de debatir y utilizar argumentos escuchando a los de los demás y quizás aprender todos  algo nuevo, sino de quebrar, ridiculizar y acallar al que se cree el contrincante. En este contexto se suele recurrir a identificar el contrincante convertido en enemigo en algo que ineludiblemente la ciudadanía tenga plenamente identificada en negativo. He oído y leído independentistas que hablan de una España dictatorial y no democrática que casi dispondría de un plan de exterminio de la catalanidad y los catalanes. He oído y leído el rancio nacionalismo hispánico, de aquí o de fuera, identificar los castellanohablantes en Cataluña como una minoría perseguida y en proceso de exterminio, calificando el nacionalismo catalán como un proyecto milenarista, étnico y dictatorial. Es evidente que tan falsa es una argumentación como la otra. Veo como la tentación por identificar los rivales con los totalitarismos de los años treinta la tienen tanto Felipe González como Artur Mas, además de muchos otros. La referencia no es sólo inadecuada y desafortunada, al utilizarla todos son conscientes de que contiene una potente carga en el imaginario colectivo en forma de tragedia, muerte, persecuciones étnicas, campos de concentración. La finalidad es apelar al miedo, no en el sentido blando del término, sino en su acepción más dramática y profunda.

Cuando la política y los políticos recurren a hechos y referencias históricas, suelen hacer un flaco favor al conocimiento histórico y mucho menos a los ciudadanos por los que se tendrían que preocupar y no tanto aleccionar mediante el uso perverso de referencias al pasado. La historia no se repite -si acaso como farsa, como decía Marx- y cada época responde a unas coordenadas ya unas circunstancias irrepetibles. Retrotraer y amenazar con la repetición de procesos que no se distinguen precisamente por ser los más presentables de la condición humana, es una renuncia al diálogo -que siempre implica el reconocimiento de la otra parte-, y un insulto a la inteligencia de la ciudadanía. Ni en Cataluña ni en España hay nada que tenga que ver con el totalitarismo fascista de Mussolini en Italia ni riesgo remoto de emparentarse con él. Nada en común que pueda inducir a pensar en Hitler, Goebbels, el antisemitismo o los campos de concentración. Tampoco se intuye algo que remotamente pueda evocar la fase más cruda y sangrienta del estalinismo soviético, sus delirantes Procesos de Moscú, los asesinatos masivos en Ucrania o los internamientos al Gulag. Ni que sea por respeto a los muchos millones de personas que lo sufrieron, nos podríamos ahorrar de frivolizar con ello. En términos más nuestros, apelar a los temores que aún destapa la Guerra Civil y el enfrentamiento de “las dos Españas” también se le hace jugar un papel, como el de recordar el ridículo institucional de la Generalidad en los conocidos como los “Fets d’Octubre” de 1934; insurrección gubernamental esta que llevó al Presidente de la Generalitat y su Gobierno a ser encarcelados. Ni Artur Mas es Lluís Companys, ni veo Oriol Junqueras haciendo de Josep Dencás y huir por las alcantarillas del Palau.

Deberíamos convenir que “el conflicto” del 27-S será incruento y no estaría mal que hasta entonces se dieran “razones” para que la ciudadanía pueda optar de verdad y no de manera subyugada por miedos y eslóganes. En la Europa democrática, afortunadamente no hay lugar para la épica más allá de los campos de fútbol. Hay diálogo, hay acuerdos, hay pactos. Se renunció al concepto de verdad para hacer posible la convivencia.

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