Sobre el problema del agua

Llevamos unos años con serios problemas de sequía. Afectan a la agricultura y ponen en peligro el suministro de boca debido al notorio agotamiento de las reservas acumuladas para su abastecimiento. Existe una parte circunstancial en esto debido a la oscilación natural de la pluviosidad, pero también la evidencia de un problema de fondo que tiene que ver con el calentamiento global y un cambio climático que, como se ve con mucha diversidad de fenómenos, ya no es una posibilidad o peligro, sino una realidad. Hemos sido poco previsores en los efectos sobre el clima de nuestra actividad frenética y la naturaleza ha empezado a pasar la factura. Y, ciertamente, en poco tiempo parece haber una aceleración de los efectos que resulta angustioso. El agua será cada vez más un bien escaso y como bien público insuficiente y necesaria dosificación deberá ser tratado. Está escrito que en el futuro inmediato el agua en forma de lluvia disminuirá y, aunque hayamos sido poco previsores, habrá que hacer algo. La buena noticia es que hay margen. Pero disminuirá la posibilidad por el mal uso y por el despilfarro que venimos practicando. Abordar el tema de forma profunda resulta ineludible por los poderes públicos. Parece que les haya cogido por sorpresa y con el paso cambiado. No han hecho más que campañas voluntaristas para concienciarnos como ciudadanos, como si de nuestros hábitos dependiera la solución. Y no es así.

Situamos el problema. En Cataluña consumimos anualmente unos 600.000 millones de metros cúbicos de agua, de los que 500.000 millones son agua de la red. El 72% del total va a la agricultura, el 9% a la industria y sólo un 19% va a consumo doméstico. Aunque todo se puede mejorar, la industria, a base de normativas, ha hecho bastante bien su trabajo. La paga cara y está obligada a depurar y reciclar. En el consumo doméstico, más allá de que no está de más hilar más fino en nuestros hábitos, lo que tienen numerosos problemas de desperdicio son unas redes de distribución urbana, antiguas y con escaso mantenimiento, donde se pierde entre el 20 y el 30% de la que circula, según visiones más optimistas o pesimistas. Hacer más eficiente y segura la distribución permitiría un grandioso ahorro. La partida grande del agua, con mucha diferencia, es el regadío agrícola y el consumo ganadero. El mayor esfuerzo de racionalización y eficiencia debería hacerse aquí. No se trata de poner en cuestión la importancia económica y social de la agricultura y la ganadería, de lo significativa que es esta actividad. Pero el problema principal está aquí y no en el gasto que hacemos en casa lavándonos los dientes. El precio irrisorio con el que la obtienen no ayuda. No debería ser aceptable el riego por aspersión o la, practicada forma todavía, de inundar los campos. Existen procedimientos muchísimo más ahorradores y eficientes con sistemas de gota a gota. Pero, porque invertir en ella si no estás obligado a ello.

Se podría avanzar mucho en un mejor uso del agua implantando de forma generalizada su recuperación y reutilización, con sistemas de recirculación. No podemos fiarlo todo en el agua caída del cielo. El concepto de alcantarilla donde van a parar aguas grises y negras deberíamos desterrarlo. Gran parte del agua que utilizamos, de hecho, casi toda, adecuadamente tratada con depuración biológica puede volver a la red o se puede utilizar en el regadío. Si, es obvio, se necesitan obras de infraestructura, normas claras y decisiones políticas más previsoras y atrevidas de las que ha habido hasta ahora. El recurso al sistema de desaladoras del mar que hay quien cree que es la panacea sólo puede ser complementario, ya que los costes energéticos lo hacen un sistema muy poco sostenible. El lujo de mantener verdes los campos de golf en verano y llenar incontables piscinas privadas que proliferan por todas partes, habrá que planteárselo. Así como unos contingentes turísticos insostenibles en Barcelona o en las poblaciones de veraneo, no sólo por el consumo de agua, que no parecen muy compatibles con las necesarias restricciones estivales. Lo que nada aporta a todo ello, es un cierto mensaje de “culpa” que hacen en este tema las autoridades con relación a los ciudadanos. Se necesitan políticas, inversiones y medios para atacar la raíz del problema y, a ser posible, paliarlo. Apelar al voluntarismo culpable, en esto como en otras tantas cosas, da para lo que da.

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