Irán

Éste es un gran país, en muchos sentidos. Por su dimensión geográfica, por la demografía, por poseer una cultura ancestral muy desarrollada como la persa, por su economía, por su inmenso patrimonio histórico… Tiene actualmente una sociedad muy dinámica, formada, y con numerosos movimientos vanguardistas dentro de sí, ya sea en las artes visuales, musicales o literarias. Sin embargo, ha tenido mucha mala suerte en la política y en unos sectores hegemónicos interesados en mantener una rígida estructura de clanes y el predominio de valores religiosos que asfixian a su población y, de manera muy especial, a las mujeres. Viene de lejos. Tierra de colonización inglesa, a su salida se convirtió en un reducto de confesión chií en un entorno fundamentalmente dominado por el islam suní, y con una monarquía más o menos laica, pero de comportamiento brutal y extremadamente extractiva aprovechando el regalo del petróleo como fueron los Reza Pahlavi. En 1979, se produjo un levantamiento popular, que creó muchas expectativas entre la izquierda europea, pero que acabó por convertirse en una “revolución islámica” que llevó a los ayatollahs al poder. Los iraníes, pasaron de una dictadura a otra, con el añadido ahora de que se instauraba una moralidad religiosa estricta y el predominio de la sharia como referencia legal y vital.

La Guardia Revolucionaria, el cuerpo militar y policial del régimen se ha convertido durante estos años en la élite económica y política, en una especie de nueva burguesía. Pese al formal predominio político y social de lo religioso, la sociedad iraní ha cambiado, y mucho, durante estos cuarenta años. La dureza de los primeros años del régimen se ha relajado, pese a episodios de demostración de que las cosas siguen igual. Especialmente en la capital, bajo la aparente capa de religiosidad, hay un mundo que bulle, con gente joven formada capaz de generar una dinámica cultural laica muy importante e interesante. Quedan, sin embargo, vestigios del islamismo más tradicional y represor de nuevas costumbres como son la Policía de la Moral, que vigila en la calle el estricto mantenimiento de la ley islámica reprimiendo a las mujeres que van liberalizando o directamente rechazando uso obligatorio del velo. Justamente fue una acción de este cuerpo que acabó con la vida de una chica que se resistió a la imposición, Masha Amini, en septiembre de este año. Se precipitaron una serie de manifestaciones y disturbios en el país, protagonizadas por jóvenes de ambos sexos, en las que se ponía en cuestión no sólo la moralidad impuesta, sino el propio régimen. Se desbordaban las energías y malestares acumulados en una sociedad que, en buena parte, aspiraba a una vida moderna y libre. La represión, extremadamente violenta, ha sido la contestación del régimen. Se habla ya de más de 300 muertes provocadas por las actuaciones policiales.

El fútbol iraní tuvo, en el mundial de Qatar, un gesto de gran dignidad. Se negó a cantar el himno como protesta por lo que estaba ocurriendo en su país, con las consecuencias que esto seguro les comportará. De forma paralela, el régimen marcó el terreno de juego condenando a muerte al futbolista Amir Nasr-Azadani con la atribución de haber participado en manifestaciones políticas. La acusación, como en otras figuras públicas ya colgadas para que sirvan de escarmiento, es haber cometido el pecado de la moharebeh, o sea, de enemistad con Dios. Quien esperara un movimiento de solidaridad en el mundo del fútbol iba errado. Todo esto ha sucedido y se ha conocido durante el Mundial de Qatar, un evento para gloria y blanqueo de un emirato tanto o más totalitario y represivo que Irán. Ni una referencia por parte de ninguna selección o jugador de ningún país, y ya no digamos de los organismos federativos que se engordan con este deporte. Donde no ha llegado cierta noción del bien, tampoco lo ha hecho el sentido solidario que podía inducir el carácter corporativo por el trabajo del condenado. Messi ha perdido una oportunidad de oro por ser realmente grande más allá de su juego. Le correspondía especialmente a él dar un paso adelante y manifestarse, no por tomar partido político, sino en defensa de la dignidad y la vida. Probablemente, la capa con hilos de oro que le impuso el jeque catarí le inmunizaba contra cualquier percepción o sentido moral. El Dios argentino, no está ya para cosas mundanas.

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