¿Todos monárquicos?

Estamos viviendo un empacho de necrofilia real. Es obvio que la muerte de una monarca que ha reinado más de setenta años en un país de la significación de Gran Bretaña es un hecho noticiable. Pero ¿tanto? Y no es sólo el tiempo y el espacio dedicado en los medios, que está siendo ingente, sino un enfoque que más que informativo resulta tópico, lagrimal, hagiográfico y anecdótico, más propio de la revista Hola que de medios de comunicación que pretendan proporcionar información equilibrada y suficiente, analítica, y no tan excesiva y edulcorada. Estamos ante una de esas profecías autocumplidas. Se habla todo el día de lo mismo, se hacen mil y un programas especiales y entonces se afirma que se hace porque a los oyentes les interesa y son muy sensibles a la cuestión. Se trata de crear una necesidad para después poder argüir que la satisfacemos. Está fuera de toda duda que la relación de la población británica con la monarquía es algo especial. La mayor parte de los ingleses le tienen un respeto reverencial, incluso los republicanos, a la vez que disfrutan de forma cruel con las muchas miserias familiares que la familia real les ha proporcionado. Ciertamente han tenido una relación muy singular con Isabel II, una monarca más bien discreta, que le han visto a lo largo de toda su vida desde la Segunda Guerra Mundial y que parece suplir o complementar a cada uno de ellos la figura de la madre. Pero que los británicos se las compongan con sus particularidades y sus problemáticas psicosociales mal resueltas. Pero a nosotros, ¿que nos aporta más allá de una distracción malsana?

La monarquía británica, afortunadamente, tiene sólo y exclusivamente un papel simbólico. Es allí donde se estableció el principio de que «el rey reina, pero no gobierna». Pero es obvio que es una institución caduca que de nada sirve querer adjudicarle unos valores que no tiene. La realeza de Gran Bretaña es especialmente rancia y costosa. Sus exposiciones públicas y los quehaceres familiares resultan más bien patéticos. Acumulan una de las fortunas más importantes del mundo, se habla que unos 80.000 millones de libras entre todo. Son la primera inmobiliaria del país, propietarios de calles enteras de Londres e incontables fincas rústicas, tienen intereses en todos los sectores de actividad, exhiben formas y lujo de carácter medieval y son el mal gusto personificado. Tienen formas peripuestas, distantes, mientras se muestran en sus palacios medievales o en los hipódromos. Un mundo en escombros. La última reina decía que el secreto de su éxito era «no hacer ni decir nada», y esto se esgrime como una muestra de gran inteligencia política. Durante el reinado de esta monarca que ahora se entierra por etapas, la grandeza del antiguo imperio se ha devaluado hasta el máximo mientras mantienen una ficción de serlo todavía con una Commonwealth que ya no se creen ni ellos. Todo en la monarquía británica recuerda su pasado colonial y las derroches y saqueos que practicaron cuando eran la gran potencia que dominaba el mundo. Todo tan destartalado como los innumerables bolsos que ha traído a la gran dama y de falso brillo como la colección de más de cinco mil sombreros de gusto dudoso que dicen acumula. De todo esto, de un mundo que más le valdría desaparecer ahora lo hacemos noticia y lo vendemos como una expresión de los valores democráticos.

Creo mucho más dignos de luto y trascendencia los referentes del mundo de la cultura universal que, en coincidencia, nos han dejado estos días, desde un escritor insuperable como Javier Marías hasta la magnífica actriz Irene Papas, o la desaparición de dos grandes cineastas como Jean-Luc Godard o Alain Tanner. Los echaremos de menos, a ellos sí, pero a cambio nos dejan un legado de inmenso valor que no se extinguirá. Nosotros y las próximas generaciones disfrutaremos el lenguaje preciso de Corazón tan blanco, nos impresionaremos con la capacidad interpretaba en Zorba, el griego, admiraremos la sutileza fílmica de la Nouvelle Vague y la magnífica y singular À bout de souffle, nos emocionaremos volviendo a ver la Lisboa de En la ciudad blanca. Obras que merecen la pena y que pervivirán. De los monarcas opulentos, antiguos, hieráticos e insulsos podemos olvidarnos.

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