Bienvenida, Miss Marshall

Ursula von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea, ha venido esta semana para traernos la buena nueva de que España aprueba con nota su programa de reformas estructurales de cara a ser el país beneficiario de la financiación extraordinaria con fondos europeos de hasta 140.000 millones de euros a percibir los próximos seis años, o dicho de otra manera el equivalente al 11% del PIB de España. Como es conocido, el acceso a estos importantes fondos no se hace de manera automática, sino que está condicionado a un proyecto de transformación estratégica de su economía en la línea de avanzar hacia la sostenibilidad medioambiental, haciendo apuestas realmente transformadoras para ir a una economía verde y circular y, al mismo tiempo, actuar en pro de una transformación digital del conjunto de la actividad productiva. Una ocasión realmente única, si se sabe aprovechar, para hacer no sólo frente a los efectos contractivos que ha tenido la pandemia, sino de realmente cambiar el paradigma económico asignando recursos extraordinarios de manera dirigida. Que España sea uno de los primeros países en pasar el corte de la Comisión Europea supone un reforzamiento político muy importante por el gobierno de Pedro Sánchez, fortaleciendo su figura en un momento en el que el empuje de la derecha envalentonada a partir de las elecciones madrileñas y de la enconada polémica por los indultos parecía que le hacía mostrar indicios de flaqueza y de un posible inicio de final de ciclo. Con el engrasado de la economía que provocarán los fondos Next Generation, el gobierno gana tiempo y, por poco que haga bien su aplicación, acabará por mejorar su popularidad y se debilitará el asedio de las derechas de la Plaza Colón. Los buenos indicadores económicos suelen amainar los planteamientos políticos más histéricos.

Ursula von der Leyen en EL PAÍS

De todas formas, aunque la sensación inicial respecto a los fondos europeos pueda ser más bien positiva, habrá que ver la aplicación y los resultados reales. La letra pequeña de todo ello será muy importante. Ya se sabe, que el diablo suele estar en los detalles. Sin poner en duda las pretensiones transformadoras del gobierno español respecto una estructura económica caduca, habrá que constatar si se tendrá el atrevimiento suficiente para optar por la innovación y las actividades tecnológicas y de mayor valor añadido, superando apuestas que a medio plazo son perdedoras como es el caso de actividades industriales basadas en mano de obra intensiva y barata, la exageración de la apuesta turística o bien el volver a desregular los sectores de la construcción o de las finanzas. Las élites extractivas tradicionales -españolas y catalanas- siempre están al acecho para captar fondos públicos y conseguir que en realidad nada cambie. Pintar de verde actividades tradicionales que tienen poco recorrido y que no se establezcan sobre capital humano muy cualificado, que los hay, no significa apostar por la sostenibilidad económica, más bien al contrario. Conseguir que los fondos repercutan en hacer más competitivas pequeñas y medianas empresas innovadoras resulta crucial y, hoy en día, los mecanismos para que esto sea así no están aún nada claros. Cómo hacer que los 72.700 millones de euros previstos de ayudas directas vayan bien encaminados. Todo abona al predominio de grandes proyectos energéticos en manos de las firmas de un sector que funciona como un oligopolio y que, justamente como se ve con el precio que pagamos la energía, contribuyen a frenar la mejora de la competitividad del tejido empresarial realmente interesante y que aumente de manera desproporcionada nuestra factura doméstica.

El programa Next Generation resulta una oportunidad insólita para hacer transformaciones imprescindibles de gran calado. Si no hubiera habido los efectos de la pandemia, la renovación estructural era igualmente necesaria. Lo que ha permitido esta crisis es que se aceptara poner en marcha políticas abiertamente keynesianas de estímulo que hicieran efectos multiplicadores y, al mismo tiempo, de mutación de estructuras y dinámicas envejecidas que ya no llevaban a ninguna parte. Pero todo esto no funciona en forma “piloto automático”. Significa hacer opciones y establecer políticas que no son meras soluciones técnicas. Son apuestas ideológicas sobre el futuro que se quiere. Satisfacer a las élites de siempre o bien actuar en pro del futuro y el bienestar de la mayoría de la ciudadanía no resulta exactamente lo mismo. De hecho, son opciones contrapuestas.

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