El retorno de la Inquisición

En pocos días han saltado a la palestra informativa dos temas que, aunque tienen pocas cosas en común, han servido para evidenciar la mezcla insana que se pretende hacer entre lo personal y lo político, así como el espíritu inquisitorial no tanto de la ciudadanía como de una cultura demasiado imperante en los medios de comunicación muy ávida y estimulada cuando se trata de hacer leña del árbol caído. Me refiero a las imágenes de un alcalde ebrio y a las filtraciones sobre posible acoso sexual por parte de un exdiputado. Tanto en uno como en el otro caso se han magnificado, repetido y reiterado informaciones e imágenes hasta acabar criminalizando a dos personas de manera harto injustificada. Al hacer circular estos documentos y hacer acusaciones grandilocuentes y gratuitas no se tiene en cuenta el daño que se inflige a personas, en muchos casos de manera irremediable, ni al hecho que en una sociedad libre lo personal debería mantenerse estrictamente en esta esfera. No se trata de defender ni decir que es bueno excederse en el consumo de alcohol, pero si lo practica incidentalmente en su tiempo de ocio, esto no convierte a alguien en mejor o mal político. Ciertamente que es deseable que los políticos tiendan a ser ejemplares en su comportamiento, pero no podemos pretender que estén liberados de cometer los errores o caer en debilidades propias de la imperfección humana. Debemos aspirar a tener políticos y dirigentes capaces y honestos, modélicos en su entrega al servicio público, pero no líderes cargados de una impostada perfección que siempre suele ser moralismo irreal. Resulta significativo en este caso, que el gran “pecado” fueron la existencia de imágenes, las cuales permitieron magnificar el hecho y al mismo tiempo hacer una reposición reiterada para la humillación y escarnio de la persona y para el dudoso disfrute morboso de la sociedad. Aún resultando comprensible por la presión sufrida, el denigrado hizo mal dimitiendo de manera precipitada ya que representaba aceptar una “culpa” que políticamente, pero también personalmente, era inexistente. Y más se equivocó su partido si es que le forzó a hacerlo, lo que desconozco.

La Inquisición española, el sexo y la tortura

En el caso del exdiputado estamos ante un episodio de cainismo y venganza política tan típico de en algunas organizaciones. Un filtrado de información hacia un determinado medio que ya nos indica el grado de enfrentamiento que se está dando en el espacio político del independentismo. Una propagación que deja indefenso y pone a los pies de los caballos un “inculpado” sin posibilidad de defensa. No se dice el qué, sino que sólo se insinúa. Así el lector puede imaginar lo que quiera. Hay que suponer que no estamos hablando de ninguna acusación de las que tienen la consideración de delito y cabida en el código penal, pues de ser así ya se habría sustanciado por quien debería hacerlo. El tema es más sibilino y de reminiscencias totalitarias. “Expedientes abiertos” y “conductas impropias” según normativas internas de una organización que cree debe ir más allá de lo que rige a la sociedad y así depurar a los imperfectos. Todo ello remite a códigos de conducta sectarios y a la convicción de que se puede intervenir en la vida de las personas de manera discrecional, con la pretensión además de llevar a cabo procesos de admisión de culpa y de reeducación. Qué miedo. Desconozco si el acusado tuvo o no actitudes poco consideradas o no adecuadas en las relaciones personales que son inherentes al trabajo en cualquier organización y en la vida social. Pero no me interesa ni debería ser cuestión de debate público. Hay cosas que forman parte de las relaciones interpersonales, con los errores e incomprensiones que se quiera, y es justamente en este ámbito donde se han de dirimir y resolver. Utilizar fricciones para degradar a las individuos, para construirles causas generales para destrozarlos personalmente y acabar con su credibilidad, es precisamente lo que practicaba de manera muy refinada del estalinismo ruso o el maoísmo chino de la “revolución cultural”. Sólo la vida pública resulta saludable cuando lo personal y privado se mantiene en la esfera íntima.

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