Argucias legales y política

En política cuando se gesticula en exceso, lógicamente se quiere llamar la atención, pero suele ser un síntoma de que no se acepta y se pretende disimular una situación de irrelevancia evidente. El independentismo con su obstrucción a la tramitación de los presupuestos del Estado convirtió en ineludibles unas elecciones generales en España, en las que pretendía obtener unos resultados que lo convirtieran en minoría de bloqueo en el parlamento español y continuar condicionando así la agenda, la dinámica y el desarrollo de la política hispánica, situando en el centro su contencioso y su exigencia de referéndum de autodeterminación. Su discurso y sus gestos estimularon notoriamente a la derecha española, la que a su vez incitó la participación y voto soberanista hasta el 38,5% de los electores catalanes. Unos y otros se alimentan y se necesitan, se proporcionan recíprocamente el argumentario, pero los resultados obtenidos fueron claramente insuficientes para la derecha española, pero también para un independentismo convertido ahora no sólo en innecesario para gobiernos de progreso en España, sino también en un incómodo compañero de viaje. El envite de póquer, a pesar blandir resultados triunfalistas, les ha salido incuestionablemente mal.

Resultat d'imatges de enfrentamiento entre independentistas

El independentismo se distrae estos días con recursos jurídicos, apelaciones a los derechos de los electos presos e, incluso, pide la suspensión del juicio del 1 de Octubre, como si presentar gente encausada en procesos electorales debiera servir para hacer decaer los procedimientos legales. Digan lo que digan las normas jurídicas sobre si Puigdemont se puede presentar a las elecciones o bien si los electos encarcelados y en juicio pueden recoger sus credenciales de diputados, a estas alturas quien lleva la política única y exclusivamente al terreno de las argucias legales y judiciales es el mismo independentismo. Pensar que con escaramuzas jurídicas adelanta políticamente en alguna dirección, no deja de ser un espejismo y un grave error. Se tenga o no la razón en términos de un derecho que es muy garantista, hace tiempo que se ha dejado de formar parte de lo que se entiende como “el sentido común”. Pretender que fugitivos obtengan cargos de representación y los puedan ejercer es una quimera, como lo es que encarcelados y en pleno juicio se vean amnistiados de facto y se puedan reunir y negociar con el presidente del Gobierno. A pesar de todo, la política todavía es algo un poco más serio. Se quiera ver, o no, la política española entró en un nuevo escenario cuando se convocaron elecciones, y los resultados de estas han llevado a un contexto en el que el independentismo tendrá mucho menos papel en la política española y el tema de Cataluña se pretenderá y podrá abordar a través de otras maneras de entender el país y también la política.

En las últimas elecciones, a pesar de ser paradójicamente españolas, el independentismo se entregaba a una batalla interna y cada vez más cruenta. Pese a lo que a menudo se afirma, una confrontación fratricida que no tiene tanto de controversia estratégica sino de confrontación de capillas con muchos componentes de antipatía personal. Aunque nunca se acepta como causa política, el factor humano siempre acaba por ser determinante. Junqueres y Puigdemont, además de escasa sintonía, parecen tener muchos reproches desde noviembre de 2017, entre convocatorias electorales hechas fracasar a última hora o bien fugas sin concertar. Aunque las cosas pintan mejor electoralmente para ERC que para JxCat, la capacidad de resistir y reaparecer por parte del de Waterloo parece ser ingente. Hay quien ve en ERC -qué cosas-, la versión moderada y realista del independentismo, la cual requeriría de imponerse claramente en este espacio para salir de la trinchera y volver a la política. No comparto mucho la idea de esta dualidad. Si el independentismo tiene dos almas -o tres-, a buen seguro que son almas gemelas. Ninguna de ellas se quiere desmarcar del discurso más inmediatista en relación a la celebración de un referéndum y una independencia la proclamación de la que tampoco nadie ha renunciado expresamente a hacerla de manera unilateral. Todos son deudores de haber fomentado que una parte del electorado viva en la irrealidad y ninguno de ellos harán autocrítica ni propósito de enmienda para devolver la política catalana a cosas posibles y sustantivas. Guste más o menos, lo que marca y marcará la pauta en el mundo secesionista, resultados electorales aparte, es alguien que con su fuga a quemado todos los barcos y que actúa con la irresponsabilidad de aquel que piensa que no tiene nada que perder.

 

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