Rob Riemen. Nobleza de espíritu

La cultura y el conocimiento como soportes básicos de la libertad individual y colectiva sobre la que se constituye una civilización. Una defensa de cómo, en la línea de Spinoza, la verdadera felicidad sólo puede consistir en la sabiduría y en la búsqueda de la verdad, virtudes que son privativas de la razón humana. Rob Riemen es un pensador extraordinariamente interesante que, desde los Países Bajos, reflexiona sobre el gran poder transformador de las ideas y de cómo la libertad y la tolerancia deben ser el objetivo de toda política. Reivindica la aparentemente antiguo valor de la “nobleza de espíritu”, entendida ésta como un grado de consideración y respeto a la razón y el saber, también a los otros, que va mucho más allá de una bastante más restrictiva noción de tolerancia. Se trata, a juicio del autor, de recuperar y mantener los valores clásicos de la filosofía y del humanismo, para sostener la sociedad ya nosotros mismos sobre valores perdurables y sólidos, no dejarnos seducir por la vacuidad del que es inmediato, novedoso y superficial. “¿Qué futuro le espera a la democracia ya la libertad política cuando la gente olvida de la esencia de la libertad, ya no reflexiona y, en lugar de obedecer a la razón, se deja guiar por la superstición, las emociones, la angustia, los deseos y la esclavitud? “, nos interpela.

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En Nobleza de Espíritu. Una idea olvidada (Taurus, 2017) este pensador que dirige la Fundación Nexus, hace un recorrido muy estimulante por una serie de pensadores que considera básicos en nuestra tradición civilizatoria y que él demuestra conocer bien: Thomas Mann, Spinoza, Sócrates, Walt Whitman, Albert Camus o Leone Ginzburg, para hacernos partícipes de temas y autores que considera atemporales y que han tenido la valentía de afrontar las cuestiones fundamentales del mundo occidental rehuyendo respuestas simplificadoras y reivindicando un uso emancipador de la cultura. Como estos autores, Riemen cree más necesaria que nunca la figura de la intelectualidad comprometida con su sociedad, lo que implica no tanto satisfacer la vanidad humana, como interpelar, hacer preguntas o, como decía Sócrates, ayudar a “distinguir” entre lo que tiene valor y lo que no lo tiene. Lo único que justifica la existencia de intelectuales es su integridad y su responsabilidad con el mundo de las ideas. Esto es, justamente, la nobleza de espíritu.

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