El brutalismo


Este término suele definir un estilo arquitectónico que se impuso después de la Segunda Guerra Mundial, consistente en construcciones de grandes dimensiones e impacto, levantadas en un continuo, siguiendo algunos de los criterios tardíos de Le Corbusier. No se trata de insertar la construcción en el entorno dialogando con él, sino de intervenciones “brutales” que se convierten en referencia y modifican notablemente las funciones del entorno. Parecería, últimamente, que la política ha adoptado esta característica de impacto contundente sin hilar demasiado fino en las formas ni en los detalles. La diplomacia ha dado paso al uso de la amenaza y de la fuerza. No se trata de convencer ni de encontrar soluciones sostenibles a largo plazo, sino de forzar capitulaciones de manera claramente impuesta y sin matices posibles. Donald Trump es la culminación de esto. En política interna e internacional, ni dialoga ni intenta convencer: da órdenes tajantes acompañadas de amenazas brutales si no se cumplen de forma inmediata y sin discusión. Un lenguaje nuevo en las relaciones internacionales y en el debate político. No hay argumentos, solo discursos terminales y directrices a cumplir. Tradicionalmente, en política y en toda negociación, lo importante era que pareciera que todos ganaban algo, que las victorias fueran discretas y que no se humillara a los menos favorecidos. Ahora se trata justo de lo contrario: evidenciar el triunfo exagerando el abuso y las formas degradantes. Solo gana uno, no hay segundo, todos son perdedores y merecen ser escarnecidos por serlo. Comunicativamente, el “malismo” funciona muy bien como relato.

Donald Trump, en pocos meses, ha impuesto esta forma de actuar. En Ucrania, de manera muy clara, facilitando la estrategia rusa al debilitar y ridiculizar el territorio invadido. La depredación de los recursos de este país no se hace, como solía, de manera reservada y discreta, sino de forma explícita, dejando claro cuáles son ahora las reglas. Lo mismo ocurre en Gaza. Todo el apoyo, razón y justificación a la masacre que está practicando Israel bajo la amenaza de expulsar a toda la población palestina y construir allí un complejo de lujo. Pero también con México. Con Canadá, con Groenlandia, Panamá e incluso con el Reino Unido. Desprecio, descalificación y amenaza como paso previo a imponer sus postulados que, de hecho, no tienen nada de político o ideológico, sino que obedecen a intereses materiales, a la pulsión mercantil que, parece, es la única que conoce. El estilo se contagia rápidamente. El presidente turco Erdogan, dirigente autoritario que solo concibe la democracia como un medio para legitimar su autocracia, acaba de detener al alcalde de Estambul y principal opositor, no fuera que peligrara su hegemonía. Netanyahu, pese a la tregua pactada, ha vuelto a bombardear y reocupar Gaza, mientras fomenta nuevos asentamientos de colonos israelíes en Cisjordania. Rusia ha entendido el mensaje de que tiene barra libre para practicar su nuevo imperialismo: las repúblicas exsoviéticas pueden ser los próximos objetivos. Un contexto que también parece propiciar que China adelante la ocupación de Taiwán, un hecho inexorable que se situaba como posibilidad en torno a 2030, pero que, bajo esta nueva doctrina de choque en las relaciones internacionales, podría decidir adelantar.

Uno de los aspectos relevantes de esta nueva dialéctica de confrontación y falta de cualquier tacto es el desmantelamiento de la división de poderes y del estado de derecho. El poder ejecutivo pasa a gobernar por decreto, obviando debates y tramitaciones parlamentarias, pero especialmente se trata de acabar con cualquier vestigio de independencia del poder judicial. La cruzada de Trump en este sentido es absolutamente personal y de venganza contra jueces y fiscales que se atrevieron a procesarlo por delitos confesos y sobre los que se ha aplicado un muy singular autoperdón. Se impone una concepción del poder ejercido sin trabas ni filtros de control. Esto no es exclusivo de Estados Unidos. Ocurre en la Hungría de Orbán, en la Italia de Meloni y, obviamente, en la Rusia de Putin. Todo esto no es nada casual. La fase actual del capitalismo, hiperconcentrado en las plataformas tecnológicas, aspira a un Estado que actúe como mero gestor de sus intereses. No hay espacio para pensar en la sociedad ni en conceptos de ciudadanía. La política, su ejercicio, se ha vuelto muy áspera y desagradable tanto en los contenidos como en las formas, llevándonos al filo del abismo del caos y la guerra. En la cultura democrática que conocemos, especialmente en Europa, las formas son muy importantes. De hecho, forman parte del fondo de las cosas. Democracia es el marco donde se dirimen de forma organizada y tolerante ideas e intereses distintos que deben convivir haciendo posible el progreso y la vida en sociedad. Ahora, eso suena a viejo: todo se reduce a una ruda confrontación mercantil cargada de testosterona.

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